Mañana tengo matrimonio. O sea, no el civil que es hoy, sino la celebración. A la hora de almuerzo. Parcela en Pirque. Piscina y bikini. Estoy nerviosa:
¡Quién va a un matrimonio en bikini!
La Cote, obvio.
Y ayer dejé loca a la niña de una tienda, explicándole con dibujo el bikini que quería, rebajado acá, pero con tiritas acá, en fin. Me probé 20. Fácil. De reojo la miraba y la pobre se agarra la cabeza a dos manos. Cuando elegí el modelo le dije “¿Y no lo tiene con brillitos?”, me echó una mirada así como Hannibal en el Silencio de los Inocentes. “Es que es para un matrimonio”, le decía yo para convencerla porque obvio que no me creyó, mientras me tiraba indirectas como que había que cerrar la tienda.
Me dan susto las fotos de la posteridad, donde nadie me diría “Cote, qué lindo tu vestido!”, sino que “¿Y ese bikini?”… aunque eso sería piola, lo terrible sería “Oye Cote, cómo vas a la piscina así?”.
Y yo estoy estresada. Hoy llego a ponérmelo sólo para saber cómo se pesca el ramo de novia en bikini.
Pero estoy feliz porque me encantan los matrimonios y este es muy especial porque es de uno de mis primos regalones. Y he ido a muchos y eso me recuerda la película “27 bodas” y yo no quiero llegar a eso. Yo creo que con 10 estamos bien antes del propio… ó 20 a todo reventar.
Por mientras, desfilo en bikini, hasta que me acostumbre.
¡Tiembla Pirque, allá voy!
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