Cuando era niña era seca jugando tenis. O sea, papá que es seco y fanático, se puso chocho al ver que su
primogénita había heredado el don. Y yo, después de haber probados otros deportes, también pensé:
“¡Esto es lo mío!” así que partía más embalada que nadie, incluso los fines de semanas, ahí,
en medio de la cancha soñando con el Wimbledon. Bueno, no sé si tanto, pero igual quería participar en torneos y cosas así.
Lo malo es que la gracia me duró como un año solamente, porque justo ahí quedé ciega. Pero
the real ciega, así como la
Esmeralda en esa teleserie cebolla que daban hace años en
RedTV, donde se lo llora todo por el protagonista que está enamorado de la hermana y de ella no,
porque es ciega, pero recupera la visión en el último capítulo y se casan igual.
El tema es que yo me
“hice un Esmeralda” y estaba ciega, o sea, no veía nada como a un metro de distancia, entonces dejé de darle a la pelota.
Papá se agarraba los pocos pelos que tenía, histérico,
pensando en que su niña había perdido el don y se cansaba de darme instrucciones, cuando al final el tema era que
yo sólo veía una mancha amarilla. Y en esas condiciones, era más sano
esquivarla para evitar un moretón en la cara que lograr responderla al otro lado de la red.
Y después el oculista, muy poco práctico, me recomendó
unos potos de botella, que obvio que no me servían ni para el estilo ni para correr muy rápido. Después
los lentes de contacto que se endurecían con el polvo y así, puros problemas. Al final,
“tiré la raqueta” como dicen los profesionales y nunca volví al temita.
Todo esto es motivo de chiste en mi casa, porque cada vez que papá va a jugar tenis
yo le recuerdo que tenía el don, que si no hubiera sufrido
“un Esmeralda” hoy sería súper famosa, viajando con una raqueta al hombro y sería la novia de
Fernando González, porque claro, no hay ninguna chilena que le haga el peso y por eso pololea con la argentina, pero después de verlo en el
comercial de Hass, te apuesto que hubiera sido
yo la nueva novia de Chile.
En fin… El otro día
papá me pilló volando bajo y me dijo que, como ahora estaba operadita de mis lindos ojitos y tenía
vista 20/20, debería volver a jugar.
Y a mí me picó el bichito.
Mamá me dijo que era por González, pero yo le respondí que no,
es por el don.
Porque asumiendo que
yo sufro de miles de síndromes –como del
cantante incomprendido, el de
Zamorano, el de la
Guachomina Intimidante, el del
Antílope y otros- es
demasiado importante tener dones. Así como
para compensar yo creo. Y hay que ser muy bestia para tenerlos y después perderlos.
Y yo puedo ser muchas cosas, pero no bestia.
Lo único malo de todo esto es que
papá tiene un muy mal concepto de los deportes. Porque es como los
“hermanos dolor”, o sea, si no hay sufrimiento, no hay ejercicio. Yo le digo que
está mal enfocado, si igual la gracia es disfrutar del paleteo, pero él no.
Si jugamos tenis tiene que ser a la hora en que las palomas caen asadas, tipo 14.00 horas, al menos jugar una hora sin descanso y sin agua.
Y aquí estoy ahora,
preparándome mentalmente para un partido de tenis con el papá.
Estoy nerviosona, lo admito, además como que me fijé que no tenía ninguna tenida para hacer ejercicio y él me dice que es porque soy demasiado floja.
Yo le digo que soy seca, lo que pasa es que mis actividades que queman calorías no aparecen en los juegos Olímpicos. Papá me mira feo porque es súper mal pensado y yo le digo que por bailar tampoco te dan medallas.
Cien puntos para mí. Se ríe y me dice que en la cancha veremos mi estado físico.
Y yo, si a algo le tengo poca fe, es a mi estado físico. *.