martes, 15 de abril de 2008

La Joyita v/s El Mati

La Joyita, el auto, nos abandonó la semana pasada.
La verdad es que su despedida se veía venir, como cuando dejó de abrir la ventana del copiloto en plena temporada de los 30º a la sombra. Y yo me acordaba del chiste del Coco Legrand en el que se reía de los flaites que se creen cuicos andan con los vidrios arriba, cagados de calor, aparentando que tienen aire acondicionado.
Bueno, yo andaba así, sin aire y encerrada, pero porque el vidrio una vez abajo, no vuelve a subir. Y después de quedarme cuidando a la Joyita una hora en el estacionamiento mientras mamá iba al supermercado, porque se me ocurrió abrir la ventana, preferí asarme de calor e ir asfixiada de ahí en adelante.

O podríamos decir que empezó a despedirse dos meses antes incluso, cuando fue imposible volver a abrir la puerta del piloto desde dentro del auto. Hay que bajar el vidrio y abrir por afuera. Que al final es súper chori porque es como que te abrieran súper galantemente la puerta del auto todos los días.
Pero una misma.
Pero ahora murió en serio, se destrozó la bomba de agua y se funde al tiro. Sin contar que yo vi como mamá el otro día se encaramó a uno de esas cosas de cemento que dividen las pistas en la calle. Y quedamos casi varadas.

El Matías en cambio es mi perro. Él nació cuando tenía todo en su contra porque ambos padres eran secos y competían, puro pedigree y estaban inscritos más encima. El problema es que eran de distinta raza. Pero contra el amor no se puede hacer nada, así que el detalle de que la perrita midiera 3 veces lo que medía el perrito, fue algo que solucionaron los empeñosos padres con unas cajas que utilizaron como escalera. Y así nació el Matías junto a otros 7 cachorros, todos muy lindos, pero despilfarrando la estirpe millonaria.
El tema es que el Matías, en la casa que antes teníamos, se creía Indiana Jones, se perdía en el patio, se dejó crecer el pelo hasta tener dreadlocks, tenía amores con todas las perritas del barrio. En fin, todo un galán de la familia no más.
Hasta que nos cambiamos de casa.

Y me empezaron a mirar feo al perro, porque por más que yo insista que sus padres son muy finos, la mezcla no lo es nada. Y acá pasan puros perros con collares bacanes y con nanas propias que le hacen mohínes. No sé si fue por todo eso o qué, pero en esa época el Matías empezó a ponerse gay. Y mira a los perritos. Y hace otras cosas que no pondré acá, porque me da cosa incluso cuando tengo que perseguirlo para que deje a otro can tranquilo.
Además se hizo “un Esmeralda” también y quedó ciego. Es el único perro de la cuadra capaz de activar 4 alarmas de autos en un solo paseo: porque choca contra las puertas al cruzar la calle.
Igual es entretenido cuando le digo que lo voy a pasear y, en vez de salir por la puerta, se encarama a un sofá.
Y no es tan entretenido cuando en vez de caminar choca con un poste de luz.

La veterinaria dijo que bien cuidado, podía durar unos años más. Y a mí lo que me da susto es que le dé un Tec Cerrado con tanto golpe, porque no me puedo imaginar al Matías conectado como vegetal tampoco.
Según el papá, el Matías también nos abandonará en cualquier minuto. Así como la Joyita. Y me pregunta qué dónde lo vamos a dejar, como si yo conociera algo así como un asilo de perros… o pudiéramos ponerle un poddle toy para que hiciera de lazarillo.

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