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martes, 23 de octubre de 2007

Tú: ¡No te lo Pongas!

Soy fanática de ese programa del cable en el cual dos inglesas le dicen a las pobres dueñas de casa cómo vestirse mejor, con el fin de que reconquisten al marido y/o los hijos dejen de pasar vergüenza cuando los va a buscar al colegio.
En todo caso, las mujeres que necesitan del cambio de look en ese programa son bien extremas. Todas aparentan mínimo 10 años de más, se visten con géneros dignos de cortinas y si no salen con el gorro de baño puesto es sólo porque alguien les sopló que se veía mal. O sea francamente, casos perdidos en el tema de la moda.

A mi hermana también le encanta el programa porque según ella, dan muy buenos “tips” de moda. Ahora le dio con que los jeans tienen que tener la parte central desgastada, para que las piernas se vean más delgadas y cosas así. Aunque yo no comulgo tanto con los mandamientos de las inglesas –que entre nos, la flaca se viste regio y la gordita siempre se ve más gordita, o sea, ni ella se hace caso- sí respeto algunos como no vestirme entera de blanco, porque eso me provoca complejos de Moby-Dick y vuelvo depre a la casa de tanto verme en los espejos.

Yo sufrí con el tema de la moda. Recuerdo que mi mamá sólo me dejó romper unas fotografías de mis tiernas 13 primaveras cuando le eché en cara que dónde estaba ella, que me había dejado salir de la casa con patas fucsias y polera calipso.
¡Y más encima que me dejara sacarme fotos con esa tenida!
Ni pensar en la moda de las calzas con el talón dentro de la zapatilla y un polerón arriba. ¡Qué cuestión más antiestética!. Todavía pienso que sólo un mentalista me hará olvidar esa época en que se llevaba la chasquilla parada con molde de cono…

Ayer andaba en mis típicos trámites en el centro de Santiago -donde una de las cosas más entretenidas es pasar a vitrinear a cada rato- cuando me asomo a una gran tienda azuzada por un inmenso letrero de “50% off”. Y a mí que me cuesta decir que “no” en todo orden de cosas, con las ofertas sí que me admito caso perdido, así que entré.
Cautivada por un bello vestido, agarro la talla y parto al vestidor, cruzando los dedos para que mi papi-jefe se demorara en regresar y yo pudiera llegar a esconder la famosa bolsa.

Y ahí la veo: ¡Una señora con el mismo vestido que yo había escogido!

No es por pelar, pero primero el vestido no le iba a entrar. Segundo, el color era muy llamativo y ese teñido tipo taxi desentonaba totalmente. Ni siquiera hablaré de los zapatos que andaba trayendo. Miré a la amiga que llevaba un look similar y pensé: “Yo me haría millonaria haciendo un No Te Lo Pongas chileno”.
Salió del vestidor, media morada de tanto aguantarse la respiración y miró a la amiga, quien le dijo que se veía regia – ¡la media referencia!-.

Y yo lo único que quería es que me prestaran un micrófono en la tienda para gritarle: “¡No te lo pongas!”.
Pero se lo puso y se lo compró más encima. Y yo me fui maldiciendo, porque nica me compraba el mismo vestido que esa señora, para que alguien nos viera juntas y dijera que tenemos el mismo gusto para vestirnos.

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