(Quien no sepa cuál es mi famosa campaña personal, lea primero aquí)
(No sea flojo, si es buena y la adhesión es gratuita!)
En la tarde venía feliz de la vida metida en un fenomenal taco por Andrés Bello. Pero como ando en mi tónica de la campaña en pos de las buenas actitudes, puse a todo chancho la radio –con las ventanas arriba, obvio, nunca tan flaite- y sintonicé el primer dial que alcanzó esa reliquia que tenemos –que ni siquiera tiene visor, entonces si encuentras una radio eres como bacán- y ¡felicidades! Para mi sorpresa estaban dando un especial de Chayanne (es mi placer culpable, ok?) y dieron justo unas de mis canciones favoritas: “♪ Pero no te preocupes por mí… que dios se apiade de ti ♪”.
Y justo en la parte de “♪ cuando se caiga el cielo y pida un deseo a la luna llena…♪”, momento en que ya estaba simulando un micrófono con mi celular y me sentía la obsesión misma del guachomino puertorriqueño, siento un chirrido de frenos escandaloso a mi lado, seguido de muchos piiii piiii (nótese la bocina) y claro, como suele ocurrir: ¡todo había sido culpa mía!
Porque desde que decidí ser, además de una buena conductora, una señorita llena de gentileza, dejé pasar un auto bonito rojo que por como me tiraba el auto encima, estaba clarito que quería cambiarse de pista. Entonces yo, la bondad hecha mujer, en vez de tocarle la bocina y gritarle cosas feas, le dejé un espacio para que metiera la punta –del auto, obvio- y como cero moverse el tráfico, quedó metido entre las dos pistas. Y ahí escucho el chirrido de un auto no tan bonito pero azul que venía tras de él, que empezó a pitear y a pitear porque el auto bonito rojo no lo dejaba pasar.
“Ajá! Esta es mi oportunidad!” – dije- así que miré al conductor enrabiado hasta que hice contacto visual y cuando lo logré, lo saludé con la mano y le mandé un beso. (No un beso sexy, si era un viejito el conductor, así que fue como tierno)
Y el viejito quedó medio plop al principio, después noté un brillo en sus ojos que me dio como cuco y me tupí, así que seguí conduciendo porque justo se despejó un poco el tráfico. Un par de metros más adelante veo que me hace señas para que baje el vidrio y yo le respondo en el mismo lenguaje que no puedo, mientras agarro mi celular para llamar a papá para que me venga a defender por si esto se pone feo.
Cuento corto: tengo el mail del viejito y supe que se llamaba Esteban; más encima embalado me dio instrucciones de que ese correo servía también para msn, así que lo agregara no más.
Y a mí me da mucha cosa porque, en verdad, es como si mi abuelito supiera ocupar el msn -que obvio que no- y después sería como chatear con un amigo de mi abuelito, o sea, más encima morboso. Así que por mientras estoy redactando una postal tierna, donde salen unos abuelitos tomados de la mano así como deseándole que encuentre a una viejita pronto...
Pd: Si estoy! Pero en semana de pruebas solemnes... vuelvo, eh?
¡Saludos a todos!
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martes, 13 de noviembre de 2007
martes, 23 de octubre de 2007
Tú: ¡No te lo Pongas!
Soy fanática de ese programa del cable en el cual dos inglesas le dicen a las pobres dueñas de casa cómo vestirse mejor, con el fin de que reconquisten al marido y/o los hijos dejen de pasar vergüenza cuando los va a buscar al colegio.
En todo caso, las mujeres que necesitan del cambio de look en ese programa son bien extremas. Todas aparentan mínimo 10 años de más, se visten con géneros dignos de cortinas y si no salen con el gorro de baño puesto es sólo porque alguien les sopló que se veía mal. O sea francamente, casos perdidos en el tema de la moda.
A mi hermana también le encanta el programa porque según ella, dan muy buenos “tips” de moda. Ahora le dio con que los jeans tienen que tener la parte central desgastada, para que las piernas se vean más delgadas y cosas así. Aunque yo no comulgo tanto con los mandamientos de las inglesas –que entre nos, la flaca se viste regio y la gordita siempre se ve más gordita, o sea, ni ella se hace caso- sí respeto algunos como no vestirme entera de blanco, porque eso me provoca complejos de Moby-Dick y vuelvo depre a la casa de tanto verme en los espejos.
Yo sufrí con el tema de la moda. Recuerdo que mi mamá sólo me dejó romper unas fotografías de mis tiernas 13 primaveras cuando le eché en cara que dónde estaba ella, que me había dejado salir de la casa con patas fucsias y polera calipso.
¡Y más encima que me dejara sacarme fotos con esa tenida!
Ni pensar en la moda de las calzas con el talón dentro de la zapatilla y un polerón arriba. ¡Qué cuestión más antiestética!. Todavía pienso que sólo un mentalista me hará olvidar esa época en que se llevaba la chasquilla parada con molde de cono…
Ayer andaba en mis típicos trámites en el centro de Santiago -donde una de las cosas más entretenidas es pasar a vitrinear a cada rato- cuando me asomo a una gran tienda azuzada por un inmenso letrero de “50% off”. Y a mí que me cuesta decir que “no” en todo orden de cosas, con las ofertas sí que me admito caso perdido, así que entré.
Cautivada por un bello vestido, agarro la talla y parto al vestidor, cruzando los dedos para que mi papi-jefe se demorara en regresar y yo pudiera llegar a esconder la famosa bolsa.
Y ahí la veo: ¡Una señora con el mismo vestido que yo había escogido!
No es por pelar, pero primero el vestido no le iba a entrar. Segundo, el color era muy llamativo y ese teñido tipo taxi desentonaba totalmente. Ni siquiera hablaré de los zapatos que andaba trayendo. Miré a la amiga que llevaba un look similar y pensé: “Yo me haría millonaria haciendo un No Te Lo Pongas chileno”.
Salió del vestidor, media morada de tanto aguantarse la respiración y miró a la amiga, quien le dijo que se veía regia – ¡la media referencia!-.
Y yo lo único que quería es que me prestaran un micrófono en la tienda para gritarle: “¡No te lo pongas!”.
Pero se lo puso y se lo compró más encima. Y yo me fui maldiciendo, porque nica me compraba el mismo vestido que esa señora, para que alguien nos viera juntas y dijera que tenemos el mismo gusto para vestirnos.
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En todo caso, las mujeres que necesitan del cambio de look en ese programa son bien extremas. Todas aparentan mínimo 10 años de más, se visten con géneros dignos de cortinas y si no salen con el gorro de baño puesto es sólo porque alguien les sopló que se veía mal. O sea francamente, casos perdidos en el tema de la moda.
A mi hermana también le encanta el programa porque según ella, dan muy buenos “tips” de moda. Ahora le dio con que los jeans tienen que tener la parte central desgastada, para que las piernas se vean más delgadas y cosas así. Aunque yo no comulgo tanto con los mandamientos de las inglesas –que entre nos, la flaca se viste regio y la gordita siempre se ve más gordita, o sea, ni ella se hace caso- sí respeto algunos como no vestirme entera de blanco, porque eso me provoca complejos de Moby-Dick y vuelvo depre a la casa de tanto verme en los espejos.
Yo sufrí con el tema de la moda. Recuerdo que mi mamá sólo me dejó romper unas fotografías de mis tiernas 13 primaveras cuando le eché en cara que dónde estaba ella, que me había dejado salir de la casa con patas fucsias y polera calipso.
¡Y más encima que me dejara sacarme fotos con esa tenida!
Ni pensar en la moda de las calzas con el talón dentro de la zapatilla y un polerón arriba. ¡Qué cuestión más antiestética!. Todavía pienso que sólo un mentalista me hará olvidar esa época en que se llevaba la chasquilla parada con molde de cono…
Ayer andaba en mis típicos trámites en el centro de Santiago -donde una de las cosas más entretenidas es pasar a vitrinear a cada rato- cuando me asomo a una gran tienda azuzada por un inmenso letrero de “50% off”. Y a mí que me cuesta decir que “no” en todo orden de cosas, con las ofertas sí que me admito caso perdido, así que entré.
Cautivada por un bello vestido, agarro la talla y parto al vestidor, cruzando los dedos para que mi papi-jefe se demorara en regresar y yo pudiera llegar a esconder la famosa bolsa.
Y ahí la veo: ¡Una señora con el mismo vestido que yo había escogido!
No es por pelar, pero primero el vestido no le iba a entrar. Segundo, el color era muy llamativo y ese teñido tipo taxi desentonaba totalmente. Ni siquiera hablaré de los zapatos que andaba trayendo. Miré a la amiga que llevaba un look similar y pensé: “Yo me haría millonaria haciendo un No Te Lo Pongas chileno”.
Salió del vestidor, media morada de tanto aguantarse la respiración y miró a la amiga, quien le dijo que se veía regia – ¡la media referencia!-.
Y yo lo único que quería es que me prestaran un micrófono en la tienda para gritarle: “¡No te lo pongas!”.
Pero se lo puso y se lo compró más encima. Y yo me fui maldiciendo, porque nica me compraba el mismo vestido que esa señora, para que alguien nos viera juntas y dijera que tenemos el mismo gusto para vestirnos.
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