[Esta historia ya había comenzado ACÁ]
Puedo decir que viene muy de cerca la recomendación, pero me veía regia en mi tenida deportiva de blanco. Yo me miraba en el espejo del camarín mientras pensaba que ojalá me descubrieran hoy, porque después de la quemada de pancora del otro día, ahora tengo un bronceado fascinante. Y así miles de galanteos conmigo misma cuando escucho a mi couch gritar para que me apure.
14.01: “Papá, hace harto calor, eh?”. Pero papá está en trance, sólo ve en su mente un marcador donde me aplasta en 3 set. Me obliga a precalentar.
14.05: Le digo que ya es mucho precalentamiento, si hacen 45º en la arcilla. Le pregunto si puedo tomar agua y me dice que no.
14.10: Primeros paleteos. Sonrío con satisfacción y me felicito a mí misma, parece que tengo el don aún. Papá se entusiasma y me tira dos que me hacen correr a la red. Pienso que debería rebajar mi dosis de cigarro diaria.
14.15: Prometo dejar de fumar. Tengo el pulmón en la mano, papá corre como quinceañero y yo lo único que intento recordar es el número de la Help.
14.20: Le admito a papá que “quiero puro morirme”. Me dice que es la curva del esfuerzo y me da toda una explicación científica sobre el deporte que no comprendo. Mis neuronas está mentalizadas en mantenerme de pie. Pienso que mi estado físico es deprimente.
14.22: Papá me dice que mi estado físico es deprimente. Yo le discuto que no porque bailo toda la noche y así con todas mis actividades lúdicas y nunca me muero, si es que el tenis a esta hora es macabro. Se ríe y me tira una larga. Yo hago como que corro, pero a la mitad le grito “larga”. Él me responde “floja”.
14.30: Tengo ganas de llamar a mamá para que demandemos a papá por violencia intrafamiliar. Esto es de thriller, pienso que muero en cualquier momento producto de un paro fulminante.
14.35: Me consuelo pensando en que no tuve hijos, pero dejé un conejo; no planté un árbol, pero maté 4 plantas de la oficina; no escribí un libro, pero tengo un blog.
14.36: Me reto a mi misma por pensar tanta tontera y le echo la culpa al calor.
14.45: Miro la cancha del lado y dos seniors corren de lado a lado. Los envidio y les deseo la muerte. No tanto, pero quería verlos rodar y quedar rojos. De mis short blancos ni pistas...
14.55: Termina el partido. Papá chocho me cuenta –como si yo no hubiera estado ahí- que me dio una paliza en la cancha y ni recuerdo cuántos puntos le debo.
Me pregunta cuándo vuelvo a jugar con él y a mí, como que me dejó de gustar González hace rato.
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miércoles, 5 de marzo de 2008
domingo, 20 de enero de 2008
En Búsqueda del Don
Cuando era niña era seca jugando tenis. O sea, papá que es seco y fanático, se puso chocho al ver que su primogénita había heredado el don. Y yo, después de haber probados otros deportes, también pensé: “¡Esto es lo mío!” así que partía más embalada que nadie, incluso los fines de semanas, ahí, en medio de la cancha soñando con el Wimbledon. Bueno, no sé si tanto, pero igual quería participar en torneos y cosas así.
Lo malo es que la gracia me duró como un año solamente, porque justo ahí quedé ciega. Pero the real ciega, así como la Esmeralda en esa teleserie cebolla que daban hace años en RedTV, donde se lo llora todo por el protagonista que está enamorado de la hermana y de ella no, porque es ciega, pero recupera la visión en el último capítulo y se casan igual.
El tema es que yo me “hice un Esmeralda” y estaba ciega, o sea, no veía nada como a un metro de distancia, entonces dejé de darle a la pelota. Papá se agarraba los pocos pelos que tenía, histérico, pensando en que su niña había perdido el don y se cansaba de darme instrucciones, cuando al final el tema era que yo sólo veía una mancha amarilla. Y en esas condiciones, era más sano esquivarla para evitar un moretón en la cara que lograr responderla al otro lado de la red.
Y después el oculista, muy poco práctico, me recomendó unos potos de botella, que obvio que no me servían ni para el estilo ni para correr muy rápido. Después los lentes de contacto que se endurecían con el polvo y así, puros problemas. Al final, “tiré la raqueta” como dicen los profesionales y nunca volví al temita.
Todo esto es motivo de chiste en mi casa, porque cada vez que papá va a jugar tenis yo le recuerdo que tenía el don, que si no hubiera sufrido “un Esmeralda” hoy sería súper famosa, viajando con una raqueta al hombro y sería la novia de Fernando González, porque claro, no hay ninguna chilena que le haga el peso y por eso pololea con la argentina, pero después de verlo en el comercial de Hass, te apuesto que hubiera sido yo la nueva novia de Chile.
En fin… El otro día papá me pilló volando bajo y me dijo que, como ahora estaba operadita de mis lindos ojitos y tenía vista 20/20, debería volver a jugar. Y a mí me picó el bichito.
Mamá me dijo que era por González, pero yo le respondí que no, es por el don.
Porque asumiendo que yo sufro de miles de síndromes –como del cantante incomprendido, el de Zamorano, el de la Guachomina Intimidante, el del Antílope y otros- es demasiado importante tener dones. Así como para compensar yo creo. Y hay que ser muy bestia para tenerlos y después perderlos. Y yo puedo ser muchas cosas, pero no bestia.
Lo único malo de todo esto es que papá tiene un muy mal concepto de los deportes. Porque es como los “hermanos dolor”, o sea, si no hay sufrimiento, no hay ejercicio. Yo le digo que está mal enfocado, si igual la gracia es disfrutar del paleteo, pero él no. Si jugamos tenis tiene que ser a la hora en que las palomas caen asadas, tipo 14.00 horas, al menos jugar una hora sin descanso y sin agua.
Y aquí estoy ahora, preparándome mentalmente para un partido de tenis con el papá. Estoy nerviosona, lo admito, además como que me fijé que no tenía ninguna tenida para hacer ejercicio y él me dice que es porque soy demasiado floja. Yo le digo que soy seca, lo que pasa es que mis actividades que queman calorías no aparecen en los juegos Olímpicos. Papá me mira feo porque es súper mal pensado y yo le digo que por bailar tampoco te dan medallas. Cien puntos para mí. Se ríe y me dice que en la cancha veremos mi estado físico. Y yo, si a algo le tengo poca fe, es a mi estado físico.
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Lo malo es que la gracia me duró como un año solamente, porque justo ahí quedé ciega. Pero the real ciega, así como la Esmeralda en esa teleserie cebolla que daban hace años en RedTV, donde se lo llora todo por el protagonista que está enamorado de la hermana y de ella no, porque es ciega, pero recupera la visión en el último capítulo y se casan igual.
El tema es que yo me “hice un Esmeralda” y estaba ciega, o sea, no veía nada como a un metro de distancia, entonces dejé de darle a la pelota. Papá se agarraba los pocos pelos que tenía, histérico, pensando en que su niña había perdido el don y se cansaba de darme instrucciones, cuando al final el tema era que yo sólo veía una mancha amarilla. Y en esas condiciones, era más sano esquivarla para evitar un moretón en la cara que lograr responderla al otro lado de la red.
Y después el oculista, muy poco práctico, me recomendó unos potos de botella, que obvio que no me servían ni para el estilo ni para correr muy rápido. Después los lentes de contacto que se endurecían con el polvo y así, puros problemas. Al final, “tiré la raqueta” como dicen los profesionales y nunca volví al temita.
Todo esto es motivo de chiste en mi casa, porque cada vez que papá va a jugar tenis yo le recuerdo que tenía el don, que si no hubiera sufrido “un Esmeralda” hoy sería súper famosa, viajando con una raqueta al hombro y sería la novia de Fernando González, porque claro, no hay ninguna chilena que le haga el peso y por eso pololea con la argentina, pero después de verlo en el comercial de Hass, te apuesto que hubiera sido yo la nueva novia de Chile.
En fin… El otro día papá me pilló volando bajo y me dijo que, como ahora estaba operadita de mis lindos ojitos y tenía vista 20/20, debería volver a jugar. Y a mí me picó el bichito.
Mamá me dijo que era por González, pero yo le respondí que no, es por el don.
Porque asumiendo que yo sufro de miles de síndromes –como del cantante incomprendido, el de Zamorano, el de la Guachomina Intimidante, el del Antílope y otros- es demasiado importante tener dones. Así como para compensar yo creo. Y hay que ser muy bestia para tenerlos y después perderlos. Y yo puedo ser muchas cosas, pero no bestia.
Lo único malo de todo esto es que papá tiene un muy mal concepto de los deportes. Porque es como los “hermanos dolor”, o sea, si no hay sufrimiento, no hay ejercicio. Yo le digo que está mal enfocado, si igual la gracia es disfrutar del paleteo, pero él no. Si jugamos tenis tiene que ser a la hora en que las palomas caen asadas, tipo 14.00 horas, al menos jugar una hora sin descanso y sin agua.
Y aquí estoy ahora, preparándome mentalmente para un partido de tenis con el papá. Estoy nerviosona, lo admito, además como que me fijé que no tenía ninguna tenida para hacer ejercicio y él me dice que es porque soy demasiado floja. Yo le digo que soy seca, lo que pasa es que mis actividades que queman calorías no aparecen en los juegos Olímpicos. Papá me mira feo porque es súper mal pensado y yo le digo que por bailar tampoco te dan medallas. Cien puntos para mí. Se ríe y me dice que en la cancha veremos mi estado físico. Y yo, si a algo le tengo poca fe, es a mi estado físico.
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